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En Madrid desde 1948

Angélica nace en 1948 como la primera tienda de hierbas de Madrid de la mano de Francisco, un funcionario de aduanas que vió que en Francia las hierbas tenían futuro y se lanzó a la aventura. Ha estado siempre en manos de la familia hasta el año pasado que les subió el alquiler y no les daba para seguir. Nosotros, de repente, vimos una foto en un anuncio de internet que se alquilaba y pim pan pum! Fue un flechazo a primera vista, ese mueble de madera que aguantaba las cajas de hierbas con ese suelo, esa escayola del techo, ese ventanal con esa puerta de madera.

Y nos pusimos manos a la obra para que Madrid no perdiera una de sus tiendas que tanto sentido de identidad dan a las ciudades y sobretodo a nosotros mismos.

Seguiremos teniendo hierbas, pero además haremos como los antiguos comerciantes y venderemos especias únicas, tés ultra-especiales, frutos secos de los buenos y cafés con nombre y apellidos.

Hemos comprado la Rolls Royce de las maquinas de café, una Porbat alemana con una capacidad pequeñita. Vale, las hay más grandes y más productivas, pero cada vez que metamos cinco kilos de café en ellas lo haremos a sabiendas de que todas y cada una de las tazas que salgan se van a disfrutar de verdad. Y el Café Angélica formará parte del eslabón final de una cadena protagonizada por los agricultores. Ellos son los verdaderos héroes de esta película; nosotros queremos ser sus transmisores.

¿Por qué empezamos a tostar café?

¿A qué loco se le ocurriría tostar el café en su propia cafetería? Pues la culpa la tiene un documental que vimos hace nueve años en los cines Renoir, Black Gold, que trata sobre el mundo del café —os lo recomendamos, pero, aviso, salimos llorando como si hubiéramos estado pelando 25 kilos de cebollas piconas—. Justo en esa época leímos en la revista Monocle sobre un bar que tostaba café en Singapur, y nos picó la fiebre del café. Compramos una maquina pequeñita, para ir probando, y después vino la segunda. Aprendimos a tostar el café y a catarlo, es decir, a saber diferenciar uno amargo de uno bueno. Pero, sobre todo, de lo que nos dimos cuenta fue que al café hay que cuidarlo y mimarlo como al vino, al pan, al pescado o a la carne.

El proceso necesita mucha práctica y mucha concentración. Maribel y Fernando le dedican muchas horas a la semana para que todo salga correcto. Se han comprado libros, han buscado en Internet y preguntan y repreguntan todo lo que pueden. De hecho, ya los consideramos unos auténticos expertos en la materia. Si pasas por el Café Angélica, no dudes en preguntarles todas tus dudas. Son una enciclopedia abierta.

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